27 mayo, 2006

milonga del olvido

olvidaremos las monedas
con las que compramos la ropa
y el alimento que nos sostiene,
los inoportunos adioses,
las heridas con marca, los rasguños

olvidaremos playas que nunca existieron,
estrellas de plástico en la noche inmensa,
labios como ráfagas de viento,
escrúpulos absurdos de carne mortal

olvidaremos a los hombres y mujeres
que quisieron adularnos, vendernos
como inocentes cromos
que hartos de arrastrarse por el suelo
nunca marcaron su verdadero precio

olvidaremos, olvidaremos quizá
que hemos perdido el rumbo de la historia,
que tenemos las manos atadas
a un vagón plagado de carteles
que ni siquiera nos preguntan
si queremos probar

el oleaje del olvido irá borrando
las huellas impertinentes del tiempo,
la falsa belleza de nubes pasajeras,
el suculento carmín de las ensoñaciones

solo quedará el origen puro
de aquella vida sin deseo,
un amanecer profundo y total
que no logramos recordar aquí

porque venimos desnudos a la tierra
queremos olvidar que somos feos
marcándonos un rumbo, direcciones
que la existencia espolea
mientras se burla de nosotros

siempre quedará esto,
el barro, la sangre,
el fuego de los años que laten sin voz,
sensitivas sutilezas
que tantas veces despreciamos

rumor que acaricias el agua
con tu espuma chispeante,
flor que tus pétalos derramas
y nos indicas el camino

olvidándonos así
de nuestra absurda importancia

sucias gaviotas se tambalean en el cielo

01 mayo, 2006

Después de tanto whisky te volví a chillar y estuve a punto de pegarte, luego saliste corriendo hacia tu casa y me sentí mal, abandonado, apoyado sobre la sucia barra de madera seguí tragando resina de azufre hasta reventar, era incapaz de llorar en semejante estado, iba tragando todo lo que me ponían delante, imagínate, pero aún así toda esta borrachera, este delirio casi tremens que desencadenaste en mis neuronas hace tanto tiempo sigue clavado en un recuerdo de ceniciento jazmín, empedernido hasta la destrucción seguí bebiendo en la memoria besos lejanísimos, me decían que sólo pensaba en mí, nadie me hacía caso, no lo recuerdo, “dejarme en paz”; amanecía, las paredes se tintaban de negro por las calles, me apoyé en un coche y empecé a dormitar entre vaivenes, el tiempo es el mayor enemigo de los aterrizajes sin espacio, no puedo volver a ahogarme en esas cuatro paredes... pero aquel delirio, aquella pasión desenfrenada casi obsesiva que no supe expresar sentimentalmente y que ahora quema y me arrincona en la autodestrucción de un sueño que siempre supe imposible, joder, este borracho tiene que aprender a mentir antes de que caiga en el asfalto vomitando mariposas ¿cuántos días lograré que se mantenga erguido sobre sus propios pies? ¿cuántos años más resistirá solo abrazándose en el aire podrido? hoy que la verdad es el armamento de los débiles ¿mañana? ja a veces tengo ganas de comprarme una pistola, quizá, si ni siquiera soy capaz de llorar porque te fuiste, definitivamente deliro, el vaso se quedó sin cubitos compañero, ponga algo más fuerte y si puede ser, definitivo.

23 abril, 2006

Conversación con el señor borracho antes de dormirnos

¿no ha tocado usted nunca el interior de una pantalla?
¿qué se siente en las manos frías de la pasión metálica?

- son tus propias manos acariciando un cuerpo que no existe
es tu piel flotando con tus ojos sobre el puerto

¿qué se siente? pregunto

- restos de amanecer golpeando tus neuronas,
ojos secos que saben demasiado
como para ponerse a llorar

¿alguien a parte de usted sabe lo que digo?

22 abril, 2006

[Stefanía aparecía muriéndose] de Leopoldo María Panero

Stefanía aparecía muriéndose
la lengua penetraba la cerradura de una puerta que alguien
había cerrado para siempre.
¿Quién era?
¿Quién era aquel desconocido dueño de todas las llaves?
¿Qué color tienen sus ojos?
No tienen pupilas sólo dos agujeros sin fin.
Dos huecos como laberintos donde nos perdemos y no
volvemos jamás atrás.
El dueño de las llaves nos ha encerrado aquí dentro,
nos ha encerrado en sus ojos en sus agujeros,
en el laberinto hueco que no conduce ni al norte ni al sur.
Nos quedamos allí, inmóviles aprisionados en sus ojos
huecos.

20 abril, 2006

Grandes bolsas de plástico,
no puedes poner una carga tan grande
en brazos tan dubitativos,
huesos frágiles que no te comprenden,
bolsas agujereadas por el frío,
aquí no te dejan volar.

08 abril, 2006

Ángel González (Autobiografía)

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

"Nací en Oviedo en 1925. El escenario y el tiempo que corresponden a mi vida me hicieron testigo -antes que actor- de innumerables acontecimientos violentos: revolución, guerra civil, dictaduras. Sin salir de la infancia, en muy pocos años, me convertí, de súbdito de un rey, en ciudadano de una república y, finalmente, en objeto de una tiranía. Regreso, casi viejo, a los orígenes, súbdito de nuevo de la misma Corona.

Zarandeado así por el destino, que urdió su trama sin contar nunca con mi voluntad, me resigné a estudiar la carrera de Leyes, que no me interesaba en absoluto, pero que tampoco contradecía la costumbre, casi norma de obligado cumplimiento ("todo español es licenciado en Derecho mientras no se demuestre lo contrario"), a la que se sometían en su mayor parte los jóvenes de mi edad y de mi clase social -clase media, transformada en mi caso, como consecuencia de la guerra civil, en muy mediocre.

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo poesía fue, antes que por otras razones, para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero acto de vivir. Pero yo hubiese preferido ser músico -cantautor de boleros sentimentales- o tal vez pintor. Fui, en cambio, funcionario público. En 1970 vine por vez primera a América -México y EE. UU.-, y empecé a quedarme por ese continente a partir de 1972 (profesor visitante en las universidades de New Mexico, Utah, Maryland y Texas). En la actualidad, enseño literatura española contemporánea en la Universidad de New Mexico."
ÁNGEL GONZÁLEZ.


una tarde nos lo dijo, y me dedicó su obra, el hombre está algo mayor, "no se puede describir con palabras lo que es mantener una pequeña conversación (apenas dos frases) con Ángel, a pesar de su edad el poeta estaba bien acompañado, os lo puedo asegurar...

03 abril, 2006

cenizas y lágrimas

Aquel día era el segundo en que me venía ese recuerdo en tan sólo una semana, no estoy completamente seguro si se trataba de un recuerdo o si era más bien una pesadilla, en circunstancias así es difícil mantener una pauta constante tanto en la atención de la memoria como en la disciplina creativa que aquel proyecto me exigía. A. se levantaba con el pelo revuelto y me miraba cariñosamente después de andar unos pasos hasta la barra plegable que nos servía de mesa en todas las comidas, seguidamente volvía de nuevo hacia la cama donde la esperaba con esa extraña y bella sensación que sólo en determinados instantes se desata en nosotros como un ideal puro del deseo, sentada en un borde del colchón me acariciaba el brazo con ternura, en ese momento yo cerraba los ojos, no sentía el dolor pero algo como un cuchillo atravesaba mi pecho y la sangre brotaba incesante, derramándose con lentitud por toda la colcha.

Era ya la segunda vez que aquello me sucedía, despertaba tembloroso y sudando como un cubito que lentamente se derrite, el frío era insoportable, tenía que salir al pequeño balcón con un cigarro entre los dientes, me fijaba en los niños que abajo jugaban felices, tan inconscientes como esa paloma que picaba con impaciencia algunos restos de comida, luego miraba el cielo, opaco, con extraños nubarrones aplacando la luz, definitivamente este verano no iba a ser bueno, me venían al encuentro como golpes otros períodos más felices de mi vida, por las mismas fechas, sentado en el acantilado junto a L., buceando en el fondo de este mar que lentamente se apoderaba del olvido, rebuscando conchas y piedrecitas entre la blanca arena, sentados frente a frente juntábamos nuestros descalzos pies y nos susurrábamos barbaridades… pero de aquello hacía ya una eternidad, quizá lo estuviera reproduciendo de una forma distorsionada, el cigarrillo seguía consumiéndose entre mis labios apretados, la ceniza iba cayendo sobre el techo de una furgoneta negra, yo jugaba con la idea de lanzarme tras ellas y caer desplomado, una muerte más merecida que la de aquella horrible pesadilla sin duda, sonreía medio loco y medio asustado, luego me metía para adentro y esperaba a que A. regresara para contarme sus estupideces, me pasaba horas estudiando la manera de rogarle un simple abrazo, estaba desconsolado, cuando oía la puerta ya no tenía fuerzas ni siquiera para dirigirle una mirada, una palabra, rotundamente había asumido aquello que le advertí “déjame espacio, necesito mi tiempo, tengo un montón de ideas ya verás, déjame solo, corre a divertirte y olvídame por una temporada”, no podía saber que me iba a acabar sintiendo de esta manera, en cierto modo era el culpable de mi propia situación, aquello empezó a generar un odio incontrolable hacia la que en otro tiempo fuera mi mejor amiga y amante, la misma mujer con la que tanto había compartido, la misma que ahora ni siquiera me miraba al cruzar hacia la habitación que decoramos juntos, todo había sido un error de mi parte, poco a poco el silencio iba alimentando un rencor insaciable contra el que intentaba luchar inútilmente, cenizas y lágrimas empezaron a inundar así el ritmo de todos los atardeceres.

13 marzo, 2006

Si alguna vez pedí perdón no tuve excusas para resarcirme luego de lo que no era sino la propia derrota por mí anunciada de un amor al que me entregué en la sombra, y cuya realidad era muy discutida en las altas horas de esta soledad que, enmarañada a aquella figura de mujer, se derramaba en mis pestañas junto al tenue latido del atardecer moribundo. Cuando me sentaba ahora en el borde de la cama, en la que pude haberla retenido horas antes de su marcha, simplemente me quedaba mirando el techo de aquel cuarto desahuciado con la lamparilla apagada y sus persianas cerradas por completo, podía comprender así lo que significaba la terrible oscuridad de haber amado algo que ha muerto para siempre en el mundo de lo sensible pero que sin embargo persistía en mi memoria, como esa mancha pura que el incienso del anochecer iba introduciendo poco a poco en el aire.

Aquella ropa que iba sacando del armario con sutileza conservaba el olor de ese perfume que tantas veces había presentido antes de abandonar la casa de mis padres, las faldas en las que con tanta ternura me había refugiado para abrazarme a sus piernas y que ahora se despedían de mí con crueldad y apenas una milésima de cariño, ni siquiera me había preocupado su actitud cuando comenzó a gestarse lo que más tarde sería una marcha definitiva, cuando con rostro indeciso me clavó aquella mirada rencorosa y me susurró al oído que no era más que un escritor fracasado, era obvio que ya por entonces empezaba a estar un poco harta de mí, “aquí me aburro bastante, voy a dar un paseo, luego nos vemos”.

En aquellos momentos no era consciente de lo que estaba sucediendo a mi alrededor, me pasaba las tardes desquiciado frente a la pantalla del ordenador intentando escribir algo parecido a una novela, la mesa estaba repleta de libros apilados contra la pared y notas sueltas con frases quizá geniales. A. no podía soportar mucho aquella dinámica, ahora empezaba a comprenderlo, apenas me decía una palabra sobre este tema y en un primer momento la incitaba a que saliera sola por ahí, me pareció buena idea que fuera a divertirse un poco con alguno de sus viejos amigos, intuía en sus ojos el cansancio de la rutina que con el tiempo aflora en cualquier amante pero jamás llegué a imaginar que sus sentimientos hacia mí se estuvieran envenenando, poco a poco llegaron los días en los que no me daba ni cuenta de cuándo se marchaba de casa, simplemente oía un portazo mientras seguía enfrascado en la trama de este rompecabezas sin fin.

10 marzo, 2006

I

El viaje había finalizado pero ya no conocía su casa, era incapaz de orientarse, ubicar un espacio propio en la memoria, el autobús abría sus puertas y rápidamente todos desaparecían de nuevo. Debes bajarte ahora amigo, le decía el conductor; por lo visto era la última parada del trayecto urbano. Bajó confundido de aquel armatoste y caminaba por las calles con un asombro inusitado, las calles eran nuevas para él, desconocidas, donde antes había una panadería ahora estaba la mansión de un reputado funcionario, paseaba y paseaba, nervioso, pensativo, cuando llegó al casco antiguo de la ciudad sentía como un estupor inexplicable se apoderaba de toda la razón que le quedaba, preguntas enmarañadas sobre signos de interrogación, un mendigo se protegía de las bajas temperaturas a la entrada de un comercio cerrado, qué hora sería, en lo alto de la torre de la catedral había un reloj pero era imposible distinguir sus agujas, farolas amarillentas y mortecinas alumbraban con escasez el espacio que sus pasos iban consumiendo hacia la oscuridad vertiginosa de la nada.

Horas más tarde, en aquel semáforo, alguien bajó de un coche negro, le sujetaba con fuerza, hasta que pudo obligarle a subir, y desaparecieron. Antes de que esto sucediera Javier se había parado a pensar en que llevaba muchos días sin dormir, que hacía mucho tiempo que no veía las calles iluminadas por la luz del sol, tal vez estuviera atrapado por algún motivo pero la cuestión era que se había olvidado completamente de lo que era un sueño ¿cuál era su hogar? ¿por qué no amanecía nunca? la angustia recorría todo su cuerpo, apoyado en un resquicio de la vieja plaza estuvo escarbando en los bolsillos de su pantalón hasta que logró encontrar algo, era el retrato de un chaval joven que sonreía sin necesidad pero ¿quién podría ser? ¿lo conocía? con la tenue esperanza que ese descubrimiento le acababa de brindar se reincorporó y continuó su marcha, distraído, hacia ningún lugar, hasta que sus pasos fueron detenidos por las cambiantes luces de un semáforo naranja.


II


Lo sacaron de aquel coche negro con las manos esposadas por detrás de la espalda y lo metieron en comisaría. Seguía sin recordar nada de lo sucedido, esperaba en una pequeña sala a que el jefe de policía terminara de interrogar a unos tipos que por lo visto habían intentado forzar la cerradura de una puerta para entrar en la casa de un conocido empresario de la zona. Javier era incapaz de distinguir aquellas voces, no podía seguir en la distancia aquel interrogatorio, su mirada se perdía en el techo de la sala junto a una luz amarillenta y temblorosa cuando lo llamaron para declarar.

- ¿su nombre?

- Javier Urbano

- ¿Sabe por qué está aquí no?

- Sinceramente no lo sé señor

- ¿cómo? ¿qué estuvo haciendo la pasada noche del 13 de Febrero?

- Disculpe, pero ahora mismo no lo recuerdo

El jefe de policía le miró con aire grave a los ojos, como si le estuviese tomando el pelo, pero tampoco quiso emplearse con demasiada dureza frente al acusado pues veía en sus pupilas apagadas que quizá no era realmente consciente de lo que había sucedido.

05 marzo, 2006

la ficción
que se llevó el viento
¿fue realidad?

¿importa?

03 marzo, 2006

“Cuando Miguel Hernández murió...”

Texto de Javier Lostalé

Cuando Miguel Hernández murió en la enfermería de la cárcel de Alicante, hace ahora sesenta y un años sus ojos no pudieron cerrarse. El forense que certificó su muerte fundamentó la imposibilidad de cerrarlos en un “síndrome típico de hipertiroidismo con sus fases de terror, con tríada de fijeza, insistencia y esplendor de la mirada”. Síntomas psíquicos puestos de manifiesto en su producción literaria: viveza mental y emotividad exagerada. “Este certificado que transcribe el Teniente Fiscal de la Audiencia de Alicante, Miguel Gutiérrez Carbonell, en su libro Proceso y expediente contra Miguel Hernández, ilumina, más allá de su muerte, el poder generador de la poesía del autor de Viento del Pueblo. Sus ojos permanecieron abiertos como sus versos, injertados pronto en un dolorido amanecer que fluyó íntimo y colectivo a través de una de las obras más desnudamente emocionantes de este siglo. Emoción destilada por “un corazón en el que arraiga solitariamente todo” (según leemos en uno de los poemas de Cancionero y romancero de ausencias), sin que nada se marchite en su propio calvario interior: al contrario, el pulso de cada una de sus heridas florece en el excavado vientre de Josefina, su esposa, y en el humus de los besos donde la boca se hunde en búsqueda del centro de la vida. Y la pasión no sucede nunca sola, sino que en su maleza de relámpagos ya alienta el hijo: “No te quiero a ti sola,/ te quiero en trascendencia,/ y en cuanto de tu carne descenderá mañana”, dice Miguel Hernández. Poesía fértil la del poeta de Orihuela. Escritura seminal en cada una de sus voces: la imaginativa y barroca de “Perito en lunas”, que como un juego mueve las palabras hasta hallarle el hueso a la realidad. La enajenada de El rayo que no cesa, que “llena de voltaje los modelos clásicos” –como afirma Leopoldo de Luis- y se nutre del ciclo doble de la naturaleza y la mujer. Voz nada platónica, en la que la tempestad amorosa arriba siempre en la playa de un cuerpo. La voz trasminada de pueblo, manchada de su “misma leche”, de “Viento del pueblo”. Voz dinamitada por el corazón de un esposo soldado que quiere así, en orales expresiones puras, hacerse sangre de todos. Voz oscura luego, sin oxígeno, enemiga, de El hombre acecha. Escritura seminal en cada uno de los libros de Miguel Hernández que alcanza su cima en el Cancionero y romancero de ausencia, donde el dolor acumulado, sin frontera entre lo íntimo y lo colectivo, la respiración moral del poeta, encuentra en sus raíces campesinas y en el cancionero popular murciano (como señala muy bien José Carlos Rovira) su voz más honda y transparente, la que funde vida, amor y muerte, mientras se afirma en sus “troncos de soledad” y se despeña por “barrancos de tristeza”. Voz embarazada por la ausencia de su hijo y el seco manantial del pecho materno; embarazada, pues a pesar del horizonte de tinieblas “a la luna venidera el mundo se vuelve a abrir”. Poeta de la fertilidad es Miguel Hernández, capaz de domeñar furia y emoción con un lenguaje cultivado como una planta, con sonido de cereal y celo. Poeta de la fertilidad por su cosmovisión, alimentada por la fuerza telúrica de Neruda y Aleixandre. Poeta generador de firmamentos dentro del espacio pequeño de un beso. Rayo vertical y horizontal en cruz de ser. Rayo que no cesa, Miguel Hernández, muerto por agotamiento a las cinco y media de la mañana de un veintiocho de marzo de 1942. Hora desde entonces convertida en placenta de un eterno amanecer.

08 febrero, 2006

Amarte,
llorar sobre tu vientre de amapola,
decirle adiós al mundo
que ha destruido mis empeños.
Abrir la puerta de otra voz.

31 enero, 2006

Estas rocas peladas por el frío
que miras sin reparar en un cielo desgarrado;
hoy que los años te escupen
sobre la memoria,
hoy que los años la nieve barre entre el romero;
puedes sentir el temblor de un niño
que sabe apedrear el aire.

30 enero, 2006

el mar
no termina donde señala el horizonte,
tenemos los ojos cansados,
arrastramos como un olvido permanente
de todo lo que nos aleja

27 enero, 2006

CONSEJOS A LOS JOVENES LITERATOS Charles Baudelaire

Los preceptos que se van a leer son fruto de la experiencia; la experiencia implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada cual las ha cometido –todas o poco menos-, espero que mi experiencia será verificada por la de cada cual.

***

DE LA SUERTE Y DE LA MALA SUERTE EN LOS COMIENZOS

Los jóvenes escritores que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.
... creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás. Los que dicen: "Yo tengo mala suerte", son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.
***
Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad. Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.
***


DE LOS SALARIOS

Por hermosa que sea una casa es ante todo —y antes de que su belleza quede demostrada— tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio. Hay jóvenes que dicen: "Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado. Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: "¡Sólo es con los buenos sentimientos con los que se llega a la fortuna!"
Los que dicen: "¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!" son los mismos que más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida. El hombre razonable es el que dice: "Yo creo que esto vale tanto, porque tengo genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor de ser de los vuestros".


DE LAS SIMPATÍAS Y DE LAS ANTIPATÍAS


En amor como en literatura, las simpatías son involuntarias; no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte. Las verdaderas simpatías son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son detestables, pues no hacen más que uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión. Por eso yo admiro y admito la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado: la unión hace la fuerza. La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, hay gentes que se fabrican así odios como admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al menos en el corazón al rival a quien se le destinaba, sin contar que puede herir a derecha e izquierda a alguno de los testigos del combate. Un día, durante una lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo lo perseguí por la escalera, a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo: "¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Ah, que no se diga!" Yo había perdido el tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no había podido hacer gran cosa. En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia,pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!


DEL VAPULEO

El vapuleo no debe practicarse más que contra los secuaces del error. Si somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el camino más corto. (...) La línea curva divierte a la galería, pero no la instruye.
La línea recta... consiste en decir: "El señor X... es un hombre deshonesto y además un imbécil; cosa que voy a probar" -¡y a probarla!-; primero..., segundo..., tercero...etc. Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un accidente deplorable, es una flecha que vuelve al punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.


DE LOS MÉTODOS DE COMPOSICIÓN

Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil. Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida. (...) Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta –en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título. Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.


DEL TRABAJO DIARIO Y DE LA INSPIRACION
(...)
Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño.(...) Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.


DE LA POESIA

En cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en compensación, muy crecidos. Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.
(...)
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía? El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.


DE LAS QUERIDAS

Si quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la actriz, porque está barnizada de literatura y habla en "argot"; en fin, porque no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta algo más preciosos que el amor.
(...)
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos –almas libres y orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-, más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla casera o el amor. –Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?


15 de abril de 1846

25 enero, 2006

Bob el rabino



Habían transcurrido unos 5 años desde aquel accidente de moto que le mantuvo apartado de los escenarios, en aquel momento todo el mundo pensó que se había acabado para siempre el personaje, la prensa especulaba, y se llegaron a oír cosas tan disparatadas como que tenía una enfermedad incurable y que en pocos meses moriría. La verdad es que nadie sabía absolutamente nada de su paradero y ni siquiera era seguro que volviese a agarrar una guitarra, pero de ahí a todo lo que se oía por entonces era demasiado.


Un buen día alguien con pinta de rabino vino a visitarme, en un principio pensé que se trataba de un practicante budista que acababa de llegar del Tíbet o tal vez un miembro de la comunidad judía ampliamente repartida por esta zona, una tenue barba recorría la parte inferior de sus mandíbulas, comenzó a hablarme del Renacimiento, del esplendor de Roma, estaba obsesionado con volver a las raíces, decía que había viajado por Europa y que allí nadie fue capaz de comprender sus nuevas expresiones, su voz era electrizante pero más profunda, todos me abucheaban por allí decía, estaba decidido a sentarse en la mecedora durante una larga temporada y balancearse tranquilamente al ritmo de un sheriff sin trabajo con las botas cruzadas encima de la mesa.
los clásicos del futuro son los iconoclastas de hoy

16 enero, 2006

en torno al poema y al poeta

Todo poema es una búsqueda, incluso cuando uno tiene la sensación de que no está buscando nada, en realidad hay algo que va al encuentro. Una idea, una sensación hecha pedazos en el subconsciente. Letras, palabras, frases, oraciones demasiado complicadas. Hasta llegar a un punto que uno cree final, culminante, pero que en realidad sigue siendo el de partida. Así que somos permanentes buscadores, innatos, lo queramos o no, lo creamos o no.

Todo poema es un encuentro, del autor con el lector, del autor con el libro, con el propio poema. Consigo mismo por supuesto, es obvio.

Ya tenemos el poema como búsqueda-encuentro, ahora hay que seguir. No puede uno quedarse en la simple expresión, poema búsqueda - poema encuentro, intercambio interior y exterior, mera intimidad del poeta. Llega un momento en que esas palabras están afuera, fuera de uno mismo, en el exterior, material y espiritualmente, también de un modo irracional que no responde a parámetros establecidos por el autor, o tal vez sí. Es posible que conscientemente haya esparcido algunos signos más o menos ocultos, como una especie de guiño selecto destinado a escasos voyeurs de su literatura, en muchos otros casos su inconsciente juega con el poema sin que él mismo sea capaz de advertirlo. De un modo o de otro, la cuestión es que sólo la conciencia del lector podrá albergar tales matices, contribuyendo – si fuera el caso- al enriquecimiento del poema: es la recreación ocular de una obra que se ha liberado de su propio autor, que se ha rebelado contra sus raíces, revelándose a sí misma ante los ojos de ese lector inteligente. De este modo se trasciende, y el poema vuela y nunca es el mismo.


La otra cara de la moneda se llama poeta, es habitual que lea su propia obra y que ésta le resulte distante, ajena. Es extraño, parecido a lo que sentiría aquel niño huérfano que ya mayor descubre a su verdadero padre y le visita. Inevitablemente se dibuja una mezcla de asombro y repulsión en la mirada de ese ser poeta, que ni siquiera la sombra de los años puede curar.

Pero creo que se trata de un error, porque en esa caducidad del momento nadie debería cargar con el padre, con el poema, ellos no deben significarles absolutamente nada al genio, un artista no puede permanecer en un estanque ¿qué sentido tendría? el río debe seguir fluyendo por sus cauces habituales e incluso en ocasiones enfurecerse, formar accidentes, riachuelos, lagos en calma, afluentes. Porque alabar a un muerto desgasta, y es antinatural. A un escritor así siempre le faltará el aliento, la levedad del aire pesa demasiado en sus ojos. Cualquier día se pondrá delante de su cuaderno con una idea de polvo y los dedos de las manos se le desharán en tristes cenizas, nadie querrá contemplar su cadáver.

14 enero, 2006

Lo real son las huellas que permanecen sobre el tiempo, el peso de la gravedad con nombre y apellidos, la costumbre recordada, la lumbre que deshizo el misterio de una soledad extraña, nunca los signos, nunca la palabra o la imagen, apariencias manchadas de lluvia o de nieve.

13 enero, 2006

Tiempo en las venas y en los ojos sangre
porque respirar duele más que un beso.