19 marzo, 2013



Ya no mueren de hambre o de frío
            en una esquina.

Los hay que comen,
los hay que no tiemblan
y llenan estadios de fútbol,
            y se enamoran de sus propias letras
            como quien se enamora de la vecina del quinto.
           
Me piden que los promocione
            como “amigo”, tienen sed de victoria,
            egos trastornados sin vida.
           
No saben
que éxito o fracaso no existe,
            aquí no hay multinacional que valga
            y esto no es ningún partido.
 
Soledad, química, espíritu, el hueso,
nervios azules o flores muertas
con un latente fondo
de absurdidad irremediable.

            Un día mueren,
su dinero y su trabajo
en manos de mercaderes sin alma,
derechos de autor, viudas y batallas,
barata pleitesía.

Algún escolar
estudiará algún día esas patrañas
y escupirá sobre sus tumbas
para abrazar la vida.

Porque el poema
atesorado con cieno en las entrañas
adolece de cadenas, y muere.
Nace muerto.

Y la poesía,
transmisión universal,
aspira a la pura libertad de aquellos dioses
que vigilan el curso celeste de la historia.





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